Machismo y capitalismo

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Machismo y capitalismo

 

Por Inés Zeta

Jorge Altamira del PO tuiteó que la trata de mujeres no es una cuestión de machismo sino de explotación, y se abrió una polémica entre los partidos miembros del FIT. Mientras el PTS en la voz de Andrea D’Atri sostiene que la trata es machismo + Estado, el PO, con una serie de artículos, ubica la cuestión como un problema exclusivamente económico.

Saludamos el debate, en la medida que clarifica las posiciones. Empecemos por señalar qué dice cada uno.

 

Posiciones en debate

 La posición de Andrea D’Atri y del PTS, y en eso coincidimos con Altamira, es una posición ecléctica. Llamativamente en los últimos años D’Atri se dedica mucho a polemizar con la izquierda y a los que llama “los izquierdistas”, y muy poco a polemizar con posiciones reformistas o abiertamente reaccionarias dentro del movimiento de mujeres. El PTS se ha dedicado en los últimos años a posicionarse como “no regulacionista ni abolicionista” en el debate sobre la explotación sexual. Ya nuestra compañera Marina Hidalgo Robles ha polemizado largamente con la posición [i] que termina haciéndole el juego a la avanzada de los sectores que quieren reinstalar la esclavitud de la prostitución a nivel legal. D’Atri dice que si no fuera porque las mujeres estamos oprimidas, el negocio capitalista que es la trata de mujeres “tendría otras características”. Lo que no termina de decir es que el PTS opina que existe una prostitución que podría no conllevar explotación, que la prostitución podría ser una actividad libremente elegida. No hay manera de decirse marxista revolucionaria, es decir, combatir por todos los medios la sociedad capitalista de explotación y opresión, y tener la posición de que podría existir la prostitución como una actividad humana libre. Es como decir que sería posible en una sociedad sin explotación ni opresión elegir ser el esclavo de otro. La prostitución siempre es explotación sexual porque es abuso, violación, violencia y toda clase de vejaciones, y porque implica la expropiación de uno de los aspectos más íntimos de la subjetividad que es la sexualidad. Y en la sociedad capitalista patriarcal, la prostitución además se convierte, sí, en un extraordinario negocio que es directamente organizado no por el Estado, pero al amparo del Estado, a través de la trata. Esto es lo específicamente capitalista del asunto.Por lo tanto, el Estado burgués no es un agregado o un extra. En la trata para la explotación sexual, es un elemento central en la medida que solo porque las redes están amparadas por el Estado pueden mover millones de personas a lo largo y ancho del planeta, porque son la gendarmería, la policía, los jueces, los fiscales y todo una gama de funcionarios de todos los niveles los que son parte del entramado para que las redes de trata funcionen.

Por su lado, Altamira y el PO aunque ubican la cuestión de la trata no como una simple manifestación de machismo, solo ven el aspecto de gran negocio que es para el capitalismo la trata para la explotación sexual. Altamira compara al capitalismo con un edificio. Y en el techo de ese edificio se ubican una serie de manifestaciones culturales o ideológicas. Si se cae el edificio, es decir, si abolimos el capitalismo, caen el machismo y todas las demás ideologías de la opresión. La trata, como es un negocio más del capitalismo, caería junto con todos los demás negocios capitalistas. En esta versión del asunto, no hay conexión entre la opresión de género y el negocio de la trata.

Una cosa comparten el PTS y el PO en su posición: ubicar al “machismo” como un reflejo cultural de épocas pasadas, de sistemas ya superados por el capitalismo. En todo caso, el capitalismo según un artículo de VaninaBiasi del PO, se sirve de la herencia histórica del núcleo familiar cerrado, “complemento doméstico de la explotación económica general”, como una herramienta de control social, de dominación social, citando a Perry Anderson. Volviendo a la analogía con el edificio capitalista, en la lectura que hace el PO de lo que dice Anderson, la familia no sería una institución que cumple alguna función en la base del edificio, sino un instrumento de dominación, para mantener el control social, como podrían ser la televisión o la escuela.

 

Las cosas por su nombre: capitalismo patriarcal

Bien mirado, o mirado de manera marxista, el edificio es capitalista patriarcal. El capitalismo se sostiene sobre varios cimientos, el principal: la explotación económica de toda la clase capitalista sobre toda la clase de los asalariados. Pero el edificio no tiene ese único cimiento. La familia cumple una función de sostén del sistema importantísima. Porque es la institución que garantiza que el trabajo de la reproducción de la sociedad se realice de forma privada, y recaiga sobre las espaldas de las mujeres en el trabajo doméstico. El capitalismo patriarcal, al separar la vida privada doméstica de la vida productiva social, se garantiza que la reproducción de las y los trabajadores corra por cuenta del esfuerzo de las mujeres. A eso se refiere el marxismo con “complemento doméstico de la explotación”. Para tirar abajo el edificio, las clases explotadas hacen bien en ocuparse de minar todos los cimientos que sostienen su situación. Y por eso, la lucha por la emancipación incluye la batalla en todos los frentes contra la sociedad de explotación.

El “machismo” es una ideología que surge del edificio capitalista patriarcal. Pero no es, ni mucho menos, la explicación de la doble opresión de las mujeres trabajadoras. El capitalismo logró socializar todas las esferas de la producción. Pero tuvo la viveza de mantener la reproducción social en la esfera privada. Lo único que no se produce a nivel social son todas las tareas que implican la reproducción de la fuerza de trabajo, que se realizan dentro de las familias de manera privada. Y que, como ya dijimos, todas las tareas domésticas recaen sobre las espaldas de las mujeres. Eso es lo que explica que las mujeres sean las primeras en ser despedidas de los trabajos, que las mujeres sean la válvula de escape cuando aumenta la desocupación, o que las mujeres cobren menos salario por la misma tarea, o que ocupen los peores puestos de trabajo. La participación de las mujeres en la producción social es solo como complemento del trabajo de los varones de la clase trabajadora. Si las mujeres han ingreso más plenamente a la vida social, si han avanzado en el ingreso en la producción social, si han avanzado posiciones en lograr también recibir educación, si han logrado ser consideradas ciudadanas que pueden votar, si pueden llegar también a la universidad, ha sido producto de la lucha de clases, de la lucha social y política. No ha sido por concesión de un sistema que si pudiera seguiría manteniendo a las mujeres en el estado de débiles mentales a las que relegaba el capitalismo en ascenso del siglo XIX. Y es lo que explica también que en pleno siglo XXI, en la mayoría de los países del mundo, las mujeres sigan en ese estado que las emparenta, como decía Simone de  Beauvoir, con los esclavos, de no poder controlar siquiera las decisiones sobre el propio cuerpo, con la prohibición del aborto. O, dicho de otro modo, la maternidad obligatoria. En los países capitalistas patriarcales semi coloniales, como el nuestro, el destino para la mayoría de las mujeres sigue siendo el lugar de madre, de cuidadora, de garante del “hogar”. Y eso se traduce en el sacrificio permanente que significa cargar con todas las tareas más denigrantes, que además se multiplican con la crisis y la carestía de la vida, porque el lugar de la mujer en la sociedad capitalista patriarcal es el de la esclava doméstica. Y que, claro, es una gran institución de dominación y control social: porque mantiene a la mitad de la humanidad en la sumisión.  Y porque reproduce no solo la fuerza de trabajo sino también de la desigualdad social.

El programa feminista socialista parte de declararle la guerra al conjunto del sistema, darle batalla a todas las instituciones que lo sostienen y enfrentar a todos los poderes del Estado, que son también garantes de que las cosas no cambien.

La gran sensibilidad social, el NiUnaMenos en Argentina y otros movimientos similares en el mundo, de manera muy progresiva ponen en cuestión las manifestaciones más violentas de la opresión hacia las mujeres. Por eso también es importante clarificar que la emancipación de las mujeres no es solo cuestión de condenar las expresiones machistas. Cuando miembros del personal político de la burguesía, como María Eugenia Vidal, condenan el “machismo que hay en la sociedad”, forman parte de un operativo muy preciso: responsabilizar a la sociedad en general de la violencia hacia las mujeres. Por eso, remarcan todo el tiempo que son las propias mujeres las responsables de su situación: porque la principal tarea para combatir el machismo es “educar mejor”. O sea, la culpa la tienen las madres y las maestras. Cuando Vidal o Fabiana Túñez dicen que el Estado tiene que tener “planes y políticas” para ayudar a las mujeres, lo que están diciendo es que el Estado es un órgano neutral, que está ahí para equilibrar los desequilibrios sociales, para emparejar las injusticias que ocurren en la sociedad.Lo que deliberadamente ocultan es que el Estado es el conjunto de las instituciones que están ahí para garantizar la dominación de la minoría sobre la mayoría. Que el Estado es el Estado de la clase burguesa, la gerencia general de los negocios de la burguesía (y vaya si lo es con el gabinete de CEOs), y como tal se ocupa de todos los aspectos para que lo más importante no cambie: que las mayorías oprimidas y explotadas no cuestionen el conjunto de las relaciones en las que viven.

Por eso, las feministas socialistas preferimos dar a las cosas el nombre que tienen, sabiendo que el combate por la emancipación de las mujeres es aquí y ahora, junto a la clase trabajadora, por arrancarle todo lo que se pueda al Estado capitalista patriarcal. Y eso requiere aportar al esfuerzo de construir un movimiento de mujeres independiente y de lucha, partiendo de reconocer las razones de la opresión y su relación con el resto del edificio social. Por construir el camino para derribar todo el edifico de la explotación y la opresión, por la revolución socialista.

 

 [i] Leer “Ningún trabajo sexual es autónomo”

       Leer Todas las voces todas…También la de los proxenetas