Luchemos por el Aborto Legal, Libre y Gratuito

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Luchemos por el Aborto Legal, Libre y Gratuito

 

soy peronista no feministaLos casos de las dos jóvenes discapacitadas que resultaron embarazadas por violadores, convirtieron el tema del aborto en una discusión pública candente y urgente. La Iglesia puso toda la carne en el asador: movilizó, presionó a médicos y políticos, presentó recursos de amparo y amenazó con volar un hospital. El Estado, por su parte, dejó “actuar a la Justicia”, con los desastrosos resultados que ya hemos visto, sin que el kirchnerismo, como corriente política que gobierna el país, emitiera opinión. La defensa de los derechos de estas jóvenes y sus familias quedó en manos del movimiento de mujeres, entre ellas la Comisión por el Derecho al Aborto, que venía haciendo campaña por la despenalización. Pero a pesar de la Iglesia, de la Justicia y de la rastrera duplicidad K, la posición de la población fue rotundamente a favor de las jóvenes y sus familias. Esto fue decisivo para que la causa judicial, en el caso de Mendoza, cambiara de manos y resolviera permitir el aborto, aunque el gobernador Cobos (candidato a futuro vicepresidente K) hiciera frente común con la Iglesia. En el caso ocurrido en Buenos Aires, por medio de dinero reunido solidariamente, un aborto clandestino resolvió la cuestión. Aunque estos casos entran dentro del aborto no punible por la ley, el gran debate que se armó alrededor de ellos abre una situación muy favorable para batallar por una ley de aborto legal, libre y gratuito. Las feministas cercanas al gobierno esgrimen el siguiente argumento: “hay que ir de a poco, porque en este país la Iglesia tiene mucha influencia y la gente se pone en contra”. Así pretenden justificar la doble cara del kirchnerismo, que por abajo tiene militantes juntando firmas por la legalización, mientras sus funcionarios se paralizan ante los gritos de los curas. Esta doble cara ya viene de tiempo atrás, cuando Ginés se pronunció a favor de la despenalización mientras Cristina, de viaje por Francia, aseguró que ella no es progresista sino peronista, y por lo tanto no va a legalizar el aborto. Este argumento de que “la gente está en contra” se disuelve mirando las estadísticas: en la Argentina hay más abortos que nacimientos. El gobierno es quien le da a la Iglesia el lugar de interlocutor válido en esta discusión, permitiéndole actuar como si fuera un estado paralelo representante de lo que piensa la gente. Pero son muy pocos los católicos que piden opinión a los curas, en cuanto a la vida en general y al aborto en particular. La gente que se opone a la legalización del aborto, lo hace por razones que nada tienen que ver con mandatos religiosos (razones que debatiremos más adelante), y los que están a favor son en su mayoría católicos. En cuanto encontró un espacio “no punible” (como son los casos de las chicas discapacitadas) desde el cual mandar a la Iglesia al cuerno, la gente lo hizo sin pensarlo dos veces. Por eso, una campaña seria no puede dejar de denunciar el papel que el Estado y el gobierno están jugando en este tema. Cuando el gobierno se decidió a derogar la ley de obediencia debida, lanzó tal campaña de propaganda que durante muchos días no se habló de otra cosa que de los crímenes de los milicos. Podría hacer lo mismo para que se apruebe una ley de educación sexual pública, un programa de anticoncepción serio y la legalización del aborto como medida de emergencia. Si no lo hace, es porque no quiere. El gobierno quiere que esto siga siendo una discusión entre “sectores”: los curas (nombrados por la TV como “los sectores antiabortistas”) y las feministas. No vemos que se pueda avanzar en esta pelea si las cosas se mantienen en estos términos. Tenemos que sacar el tema a la calle, promover la movilización de las mujeres, organizarnos en los barrios pobres, no para que venga una socióloga a censarnos, sino para luchar. Y para que se sepa la verdadera acción del gobierno: Ginés puede haber firmado el petitorio a favor del aborto legal, pero en los hospitales públicos bajo su mando se sigue interrogando como a criminales a las mujeres que acuden a atenderse por secuelas de un aborto. O sea, se sigue asustando a las mujeres para que no vayan al hospital y se mueran en su casa. Estas muertes son responsabilidad de Ginés: saquémosle la careta. Y el Encuentro Nacional de Mujeres, que moviliza cada año a decenas de miles, tiene que definirse de una vez y echar a la Iglesia del Encuentro. No es sólo K el que se esconde atrás de las sotanas; también lo hacen los sectores feministas que prefieren que la Iglesia siga impidiendo que el Encuentro llegue a alguna conclusión práctica, para no confrontar abiertamente con el gobierno.

 

El miedo a decidir

En estos días de debate público, ronda una idea que podría expresarse así: está bien que se legalice el aborto “cuando es necesario”. ¿Y cuándo es necesario? “Cuando hubo violación, cuando hay peligro de muerte para la mujer, cuando la familia es demasiado pobre, cuando el bebé puede nacer enfermo… pero el aborto no tiene que ser libre, porque las pibas son muy irresponsables, y no se cuidarían y se harían abortos todo el tiempo.” Cuando pasó lo de Romina Tejerina, una chica de un barrio muy pobre nos decía: “está bien que la metan presa, porque si no, todas las mujeres van a hacer lo mismo”. Esta increíble idea de que las mujeres son unas fieras agazapadas que sólo esperan que les suelten la soga para asesinar en masa a sus hijos, reaparece (algo atenuada) en esta discusión: sobrevuela la idea de que, si el aborto se legaliza, las mujeres correrán a hacerse abortos en medio de una fiesta de promiscuidad. A nuestro entender, el aborto es necesario en cualquier caso de embarazo no deseado, que ocurre porque a las mujeres, sobre todo a las más pobres, se les ha expropiado la capacidad de pensar en su sexualidad sin sentirse culpables. Quizás las chicas ya no se sientan “una puta” si se acuestan con el novio, pero sí se sienten putas si le exigen que se ponga un preservativo, porque así aparecen manejando la situación, en vez de ser la palomita indefensa arrebatada en alas del amor que les han ordenado ser. Este miedo es lo que produce miles de mujeres haciéndose abortos, y no precisamente asociados con el goce, sino en medio de la pesadilla de dolor, ocultamiento, ideas de mutilación y culpa que es el aborto clandestino, que lleva a la muerte a tantas mujeres jóvenes y pobres. La idea de que la legalización del aborto traería más abortos está desmentida por la realidad: hay más abortos en los países donde está penalizado. Y es que en estos países, los más pobres, el Estado debe mantener un control más férreo sobre la vida de la población. No existen países donde el aborto sea ilegal y, a la vez, exista educación sexual pública y anticoncepción adecuada, medidas que disminuirían la cantidad de embarazos no deseados y por lo tanto de abortos. La penalización del aborto siempre está acompañada de la prohibición de la educación sexual en las escuelas, e incluso la anticoncepción está parcialmente penalizada: las menores no pueden recibir anticonceptivos sin autorización de los padres, las mujeres casadas no pueden ponerse un DIU sin permiso del marido; restricciones que ponen a las mujeres más cerca del embarazo no deseado y, por lo tanto, del aborto.

 

Maternidad: deber, poder y querer

Y, por sobre todo, la penalización moral de la sexualidad, que considera lícita la sexualidad femenina sólo cuando está asociada a la reproducción, provocando lo que se llama “maternidad compulsiva”. Pero escarbemos un poco: ¿Es sólo la Iglesia la que necesita esta represión? ¿O más bien es un instrumento que la ejerce y la justifica? En el anterior Encuentro de la Mujer, después de divagar un par de horas, las chicas del Opus Dei confesaron la verdad, por boca de una madre de cuatro niños adoptivos: “Los hijos que ustedes no quieren, nosotros los queremos”. Clarísimo: ustedes, las pobres, tengan hijos para nosotras, las señoras bien. Los salmos del Evangelio recorren miles de años para disfrazar de santa a una simple burguesa que, como buen ejemplar de su clase, cree sinceramente que la humanidad es una máquina creada para servirla. Ella quiere hijos, y si los pobres no se los fabrican, es pecado. Esta es la función de la Iglesia: revestir de santidad las necesidades de la clase dominante de turno. Y en esto no es nada “rígida”, ya que su idea sobre cuándo un embrión es persona (en sus palabras, en qué momento adquiere alma) fue cambiando a lo largo de los siglos cuantas veces fue necesario. Agreguemos a esto que detrás de esta mamá burguesa están los que también “quieren” a nuestros hijos para venderlos, prostituirlos, alquilarlos a los pedófilos, explotarlos y venderles drogas. Son muchos los poderosos que necesitan cantidad de pobres de reserva. Consideremos también la fuerza de coacción para los trabajadores que significa la necesidad de mantener a muchos hijos. Y los millones de pesos que se ahorran muchas empresas pagando miseria por el trabajo domiciliario de las mujeres, que tienen que trabajar en su casa porque no hay una guardería estatal donde dejar a sus hijos. Estas son las razones, con Iglesia o sin ella, por la cual en nuestros países no se legaliza el aborto ni se reglamenta una educación sexual eficaz, ni hay planes reales de salud que incluyan la anticoncepción, ni el “gobierno progre” mueve un dedo para devolver a las mujeres el derecho a decidir sobre su sexualidad o su trabajo. Claro que hay sectores de la burguesía que, en ocasiones, incentivan el control de la natalidad, por las mismas razones económicas que hoy los llevan a reprimirlo. Son conocidos los casos de las indígenas peruanas a las que se les ligaban las trompas compulsivamente, o la situación en China, donde se incentiva el aborto si el feto es mujer, o en Cuba, donde se lo incentiva si el feto tiene síndrome de Dawn. Por eso, en el caso del aborto, la palabra “libre” tiene un enorme significado. Significa que la mujer tenga derecho a decidir, y pueda realizarse un aborto gratuitamente y en condiciones clínicas, y que sólo ella decida si continuar con su embarazo o no, sin presiones del Estado en ningún sentido. Pero el derecho al aborto legal, libre y gratuito, es sólo un paso para salvar la vida de miles de mujeres. Es el “triste derecho”, como lo llamó León Trotsky, que responde a una triste situación. El objetivo que nos tenemos que poner es el rescate de la mujer trabajadora del rol exclusivo de vaca paridora, hermano inseparable del rescate de los trabajadores del rol exclusivo de burro de carga. Al trabajador se lo reprime “moralmente” con razones parecidas. Si peleás por aumento, todo el mundo lo entiende. Pero cuando la pelea incluye dejar de hacer tantas horas extra, dobles turnos o no trabajar los francos, en seguida se escucha “son unos vagos”. Claro, ¿qué vas a hacer si no trabajás todo el día? ¿Gozar de la vida? Nones. El placer es cosa de putas y vagos. Y esta es la basura que los explotadores nos meten en la cabeza. ¡Y cómo pega! Hasta las prostitutas hacen esa diferencia: “Yo no soy puta, yo lo hago por plata; putas son las que lo hacen porque les gusta”.

Sólo si la vida humana deja de organizarse al servicio del orden y progreso de un puñado de poderosos, la maternidad dejará de ser “reproducción de fuerza de trabajo”, materia de cálculos económicos y políticos, y renacerá como una libre y feliz elección personal, socialmente protegida.