Juicio de Alika. Día 4

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Juicio de Alika. Día 4

 

Por Marina Hidalgo Robles

montoyaUshuaia. 10/11/16

El día arrancó frío y con lluvia, como preparándonos para las dos horas durante las cuales íbamos a escuchar hablar al diablo.

El cuarto y último día de la presentación de las pruebas y las declaraciones fue corto pero intenso. Luego de la exposición de algunas imágenes, escuchamos la declaración de uno de los imputados, Pedro Montoya, el dueño del cabaret El Sheik. Es repudiable cada letra que pronunció.

La estrategia del imputado fue clara: desvincularse de toda responsabilidad de la situación de explotación en la que estaban las mujeres del prostíbulo y desprestigiar el testimonio de Alika.

Con la frialdad y el cinismo de una persona capaz de explotar, someter, violentar a una mujer, Montoya sentenció: “las señoritas son socias mayoritarias mías. Y tengo que hacer una confesión: nosotros nos aprovechamos de  la necesidad de los hombres”. No dijo que en esa sociedad quien juntaba plata de a cientos de miles era él mientras que las violaciones y los golpes los recibían las mujeres. Tampoco dijo que esos “incautos” hombres que se acercan a los clubes nocturnos a buscar alguien que quiera “bailar, entretener y ser dama de compañía” son los mismos que tantas veces han sido denunciados por golpear, violar y hasta asesinar a esas mismas mujeres.

Montoya dijo que él no tenía nada que ver con lo que ocurriera entre los hombres que se acercaban al local y las mujeres “si entre ellas acuerdan salir del local con hombre, es cosa de ellas”. Pero después agregó que para que las mujeres pudieran salir del Sheik, los hombres tenían que “pagar el valor de una copa, o de media copa”, de acuerdo al tiempo que estuvieran afueran. Es decir, que sí estaba involucrado con “las salidas” de las mujeres. Esto mismo es lo que declararon durante el juicio varios testigos cuando se mencionaba el porcentaje de dinero que las mujeres tenían que dejarle a los proxenetas de lo que los prostituyentes pagaban.

Quiso justificar que ese pago que les exigía era en concepto de las “pérdidas” que el local sufría cuando la mujer dejaba de “trabajar”, como al salir no iba a “aprovecharse de los hombres haciendo que pagaran una copa, tenía que compensar económicamente el tiempo que estaba afuera”. Pero lo contradictorio es que ese dinero no lo ponían las mujeres sino los hombres. Los hombres pagaban para retirarse con las mujeres. Queda claro que el pago no era por las “horas perdidas de trabajo” sino por la mujer misma, es decir, por explotarla sexualmente.

Dijo que las mujeres que estaban allí eran “psicólogas”, porque los hombres iban a “buscar ser escuchados, a charlar con alguien”, y que muchos se acercaban después de “estar 40 días embarcados”. También se refirió a las mujeres como “artistas” y explicó que eran expertas engañando a los hombres para que consumieran bebidas, hombres que iban a “charlar, joder, bailar”. Agregó que las “chicas para hacer una copa están a los codazos, porque son artistas, y nosotros somos cómplices”.

Quiso insistir en que el verdadero negocio de El Sheik estaba en el consumo de bebidas, y comparó su negocio con la fiesta “Time Warp”: “yo compro la bebida a $20 y la vendo a $150. En eso confieso que estafamos a los clientes.” Volvió sobre la idea que las mujeres eran “socias mayoritarias”, porque el dinero se repartía en partes iguales, pero él debía afrontar los gastos del local. Y agregó que ellas no estaban en relación de dependencia, sino que eran “trabajadoras autónomas”. De las deudas que les inventaban, las multas que le cobraban, el dinero que les “descontaban” a cambio de alojarlas en las habitaciones contiguas al prostíbulo, ni mención.

En relación a la supuesta independencia que las mujeres tenían, quiso demostrar que ninguna vivía estrictamente en el prostíbulo, porque las habitaciones donde estaban tenían entradas separadas a las del local y porque, además, ellas tenían llave propia. En esto se contradijo claramente cuando agregó que en contraprestación por otorgarles la vivienda, las mujeres debían “cumplir un horario de trabajo”, “de 23hs a 6 de la mañana, con un franco semanal”; es decir, el hecho de tener un lugar donde vivir implicaba la condición estricta de ser “alternadoras” con todas las consecuencias que se demostraron durante el juicio.

“No considero haberme apartado de la ley, ni considero víctimas a las señoritas que trabajaban ahí, sino socias mayoritarias.” Repitió en reiteradas oportunidades que todas sus actividades estaban debidamente registradas y reglamentadas por el municipio “Todas las chicas cumplen con las ordenanzas, si no, no se podría funcionar. Había 2 ó 3 inspecciones mensuales.” Este argumento lo utilizó en reiteradas oportunidades: no había delito porque el municipio habilitaba a que existiera el local. Un ejemplo claro de que la reglamentación sólo beneficia a los proxenetas, y de que en este tipo de lugares  la explotación es a la vista del estado y con el consentimiento del estado.

El abogado defensor empezaba a ponerse nervioso porque Montoya seguía hablando; estaba bien claro que cada palabra servía para incriminarlo más y más. Relató incluso que, meses antes del allanamiento, tuvo una conversación con un comisario de la ciudad, quien lo alertó de que lo estaban investigando por el delito de Trata (por una causa anterior a la de Alika). En esa conversación Montoya señaló que el comisario le dio indicaciones que lo que él hacía no era trata, porque en todo caso las acciones comprometedoras (pago de los pasajes en avión, recibimiento en el prostíbulo, contacto con mujeres de otras ciudades) no lo hacía directamente él: claramente le dio indicaciones específicas para no quedar ligado al delito. “No traje personalmente gente para que trabaje en el local. No autoricé que se realicen pases adentro ni que los acordaran para realizarlos afuera.” “Lo que acordaban las chicas con los hombres, yo no sé, yo no me metía”. “Si la encargada (Lucy Campos Alberca, otra de las imputadas) le pagaba el pasaje de su sueldo, es cosa de ella”.

Intentó también desligarse de pruebas que surgieron de las investigaciones, por ejemplo, un listado en la barra con los precios de las copas y de las “señoritas”, diferenciando “15 minutos,  30 minutos y 1 hora”. En relación a esto dijo que era anterior a que él se pusiera al frente del local. Sin embargo, el período anterior lo manejaba quien fuera su concubina y pareja, mientras Montoya trabajaba como inspector en la Municipalidad de Ushuaia. ¡Un escándalo! No sólo los funcionarios municipales participan a través de coimas sino que muchas veces, como en este caso, son confesadamente dueños del negocio. Respecto de esto señaló que en ese período él no hizo ninguna inspección en El Sheik por su relación con la dueña, ¡pero cuánta ética profesional!

Montoya señaló que el local además de traerle “problemas de salud, y problemas psicofísicos” le implicaba “pérdidas económicas”, por lo que en cuanto asumió al frente del local (en el año 2011) tenía decidido cerrarlo. También dijo que por “problemas” con dos de las mujeres que allí se encontraban (justamente las dos testigos claves de la causa) había decidido no permitirles “trabajar” más. Pero nada de esto ocurrió, el local siguió abierto hasta el allanamiento y las mujeres fueron encontradas ahí adentro. Evidentemente algún beneficio obtenía de su funcionamiento.

En su intento de deslegitimar la palabra de las víctimas encontradas en el allanamiento, relató cómo estas mujeres lo “llamaban desesperadas” para “trabajar” en su local, y que todas venían de otros prostíbulos, de la misma ciudad o de otras. Confirmó taxativamente lo que la querella planteó desde un principio: la situación de vulnerabilidad y necesidad económica es una traba fundamental para que las mujeres puedan salir del circuito de explotación, y más aún, que los lugares están interconectados, forman redes.

La extensa declaración de Montoya no hizo más que reafirmar que en El Sheik se encontraban mujeres que eran explotadas sexualmente, que los dueños del mismo obtenían una ganancia económica y que las mujeres que ahí estaban no tenían otras opciones más que el circuito prostibulario. Intentó hacer pasar que a él no le cabía ninguna responsabilidad, en tanto que eran decisiones de otras personas, que él no podía evitar. En lugar de demostrar su desvinculación con lo que ocurría en el Sheik, se mostró más bien como el proxeneta mayor: quien manda a ejecutar las acciones a otros y goza de sus ganancias.

Por último, en su intento de deslegitimar la palabra de Alika, Montoya refirió que en un primer momento ella no había querido recibir ayuda ni reconocerse como víctima y que con el tiempo “alguien le cambió el chip” porque el delito de “trata está de moda”. Lejos de ensuciarla esto no hace más que reivindicar el duro proceso de esta gran mujer, que luego de 20 años de sometimiento y explotación hoy es,  junto a sus compañeras, una gran referente abolicionista en la lucha contra las redes de trata y explotación sexual.

La trata está de moda repica en la cabeza mientras seguimos pensando en este siniestro personaje  e intentamos sacudirnos la imagen de él y de las mujeres a las que explotó. Pero si todo lo malo también tiene algo bueno es que la impunidad que este sujeto cree tener lo hace hablar sin tapujos de lo que considera su prerrogativa. No sabemos cómo va a terminar el juicio. Pero a este monstruo y a los de su especie les está llegando la hora. ¡Arriba Alika! ¡Arriba las mujeres que luchan! ¡Arriba el movimiento de mujeres y los que apoyan la lucha de las mujeres! ¡Será justicia en la lucha!