Jimena Barón y la falsa libertad sexual

Jimena Barón y la falsa libertad sexual

Por Inés Zeta

Más allá de las estrategias de marketing, y evidentemente como tal fue un éxito porque no se habla de otra cosa, la publicidad de Jimena Barón parodiando los “papelitos” que ofrecen mujeres a cambio de plata, amplificó el debate sobre la prostitución. Jimena Barón salió a hacer un descargo, diciendo que ella no apoya las redes de trata y defendiendo utilizar la palabra puta para reivindicar la libertad de las mujeres a hacer con su cuerpo lo que deseen. Estos son exactamente los argumentos del regulacionismo.

En primer lugar, argumentan que las redes de trata no tienen nada que ver con lo que llaman “trabajo sexual autónomo”. El proxenetismo vende la idea hollywoodense de que en las redes de trata lo que hay es un robachicas, que se las lleva a otro lugar del mundo, las mantiene encerradas y encadenadas, sin contacto alguno con el mundo exterior. Las redes de trata no funcionan así.

Con la globalización del capital, las redes de trata han crecido exponencialmente a nivel mundial, convirtiéndose en un verdadero mercado universal. Hay países que ofrecen como parte de sus atractivos turísticos la compra-venta de objetos sexuales (les niñes, mujeres, travestis y trans), otros países que tienen como parte de sus P.B.I. las remesas que envían las mujeres desde los lugares donde son prostituidas, y con rutas ligadas a los grandes negocios capitalistas del siglo XXI: la ruta de la soja, la ruta de la megaminería, la ruta de los hidrocarburos, las maquiladoras. La periodista mexicana Lydia Cacho denuncia en su libro “Esclavas del poder” que “solamente entre 2000 y 2008 se incrementó en un 300 por ciento la apertura de casas de masaje asiático legales en México, un negocio que era prácticamente inexistente en el país”, justo en las zonas de las maquiladoras.  

Las redes de trata no son diez tipos marginales que están para vigilar que las chicas no se escapen. Esos son solo la punta del ovillo, el fiolo o proxeneta directo, el que trata con el putero-cliente, el que mantiene a la piba a raya (por el medio que sea necesario, las palabras “de amor”, las promesas, el castigo, la violencia, la droga y el alcohol). La trata aumenta a un ritmo anual de casi 2 millones de niñes, mujeres, travestis y trans compradas y revendidas en el mercado de la esclavitud sexual. El  “encierro” es a la vista del público, con grilletes que no se ven pero que arrancan por el primer eslabón: la miseria. Sobran las historias de casi niñas que son entregadas por sus propias familias a algún conocide que les va a conseguir un trabajo en otra ciudad, provincia o país, que así logrará salvar a la familia de la indigencia. Mujeres con hijes que no tienen otra salida, sin educación, sin contactos, sin trabajo, son presas fáciles para estas redes. Jóvenes travestis y trans, muchas veces repudiades por sus familias y la comunidad, arrojades a la casi única “salida laboral”. Y la oferta de cuerpos está a la vista de todes. Como por ejemplo, en los “papelitos” que tan simpáticos le parecieron a Jimena Barón.

El mercado mundial de venta de cuerpos de niñes y mujeres no es al margen de los Estados. Sería imposible que semejante tráfico humano se diera sin el amparo de los propios Estados, que luego se llenan la boca en la ONU y otros tantos foros internacionales en la “lucha contra la trata”. Estados Unidos, el país que se dedica a calificar a los demás países según un ranking de combate contra la trata, es el principal consumidor de prostitución, por medio de viajes a países como Tailandia (el burdel de oriente) o por medio de la pornografía y compra de esposas por internet desde los países de Europa del Este. Las Femen han denunciado los “safaris sexuales” en Ucrania. Los “clientes” alemanes, yanquis, franceses tienen a su disposición en los hoteles de lujo catálogos de “servicios” con fotos, servicio a la carta. “La industria del sexo funciona como la comida rápida, es una especie de McDonald’s, fácil y barata. (…) los occidentales experimentados no acuden a los prostíbulos. ¿Por qué pagar de más? El extranjero que conoce el terreno sabe que solo tiene que ir a una discoteca e invitar a una chica a una copa: luego explica a la chica en cuestión que está de negocios en Kiev, y enseguida esta se pondrá a soñar con el matrimonio y una vida en Europa. Muchas no tienen otra opción en la vida. No disponen de dinero para estudiar, y solo pueden aspirar a un trabajo en el que serán explotadas y mal pagadas. Así que empiezan a frecuentar bares de copas, en general gratuitos para las mujeres, a la búsqueda de un ‘príncipe azul’. (…) En Ucrania un solo paso en falso puede conducirte de cabeza a la prostitución. Solo hay que tropezar con un tipo que reparte panfletos para trabajar como ‘azafata’. Si dices ‘de acuerdo’ y llamas al  teléfono que indica el papel, tu vida se ha terminado. (…) ‘Es algo que les sucedió a algunas de mis compañeras de clase. Ellas, como yo, provenían de ciudades de provincias. Habían acudido a Kiev con el sueño de convertirse en alguien y tener un trabajo. En un momento dado, sus padres dejaron de ayudarlas porque la vida en Kiev es muy cara. Los alquileres, sobre todo, resultan exorbitantes. Así que tuvieron que ponerse a buscar un trabajo. Tras alguna mala experiencia con los dueños de un restaurante o de una tienda, probaron suerte con el striptease. Es la puerta de acceso a la prostitución. Pronto apareció algún chulo y firmó la sentencia”. (En el principio era el cuerpo, Femen, ed. Malpaso, Barcelona, 2013). Si cambiamos ciudad de provincias por Caaguazú y Kiev por Asunción, o por Santiago del Estero y Buenos Aires, o por  República Dominicana y Argentina o por Argentina y Barcelona, el cuadro es el mismo.

Los principales consumidores de cuerpos de niñes y mujeres son los soldados de los ejércitos imperiales en países dependientes. La cosa se transforma en escándalo cuando aparece la noticia de que los cascos blancos franceses “intercambian” sexo por comida en campos de refugiados en África o en Haití. Pero la mecánica es la misma en todo el mundo, y no es escándalo porque es parte del negocio. Myanmar (ex Birmania), luego de la guerra, ha visto florecer los campos de explotación sexual de niñes y mujeres, las cifras extraoficiales dicen que hay más de 3.000 bares, karaokes, casas de masajes donde se explota a niñas, jóvenes y mujeres de los campos de refugiados.

El caso del proxeneta Raúl Martins es el testigo de cómo funcionan las redes. Martins regenteaba en Buenos Aires 11 locales legales de prostitución vip. Había sido agente de la SIDE, ligado a grupos de tareas de la dictadura, “trabajo” del que le quedaron contactos del poder. Protegido por jueces, fiscales y jefes policiales, y por supuesto por el poder político, había colaborado generosamente con la campaña a jefe de gobierno de Mauricio Macri. Las denuncias de su propia hija, Lorena Martins, lo llevaron a perder el apoyo del poder, y se escapó a México. Allí montó nuevos boliches de prostitución vip en las zonas de turismo internacional. ¿Cómo logró Martins salirse con la suya en México? “La explicación de la repentina parálisis de las autoridades y el posterior silencio sobre el caso me la dio una de las jóvenes argentinas que fue llevada a Playa del Carmen con engaños para trabajar como prostituta: ‘Aquí y en Buenos Aires, los gorilas de Raúl [Martins] controlaban el sistema de grabación de todo, incluidas nuestras visitas a las habitaciones de hoteles cinco estrellas de Playa del Carmen y Cancún. Las visitas de los capos de la droga a los apartados, sentados al lado de políticos y empresarios, ése era su seguro de vida´”. (Lydia Cacho, Esclavas del poder, Sudamericana, Buenos Aires, 2011)

Este es solo un ejemplo de cómo funciona la cuestión. Y tal como definió muy claramente Sonia Sánchez, el principal proxeneta es el Estado. Sin el poder de funcionarios, jueces, fiscales, policía, ejército, las extensas redes de trata no pueden funcionar. Las “oficinas de rescate”, los escasísimos programas estatales sin presupuesto y con poquísimo personal no son nada frente a las redes entramadas en el Estado capitalista y patriarcal modelo siglo XXI. Así que dejen de decir que la trata y la prostitución son cosas separadas. Ese argumento se cae con solo estudiar las cifras del negocio, los relatos de las sobrevivientes, o con mirar un poquito lo que pasa en los alrededores de plaza once. Las chicas están ahí, en la esquina, no están encerradas. Intercambian “libremente” con el putero-cliente. Detrás de eso, el fiolo, el policía, el juez, el fiscal, el hotel, el taxi, el legislador, el funcionario. Toda la trama “invisible” de esa red. Pueden caer diez “perejiles” en un operativo. Las chicas quedan de vuelta en la misma situación inicial. Pero más rotas, más vejadas, más solas. Y en unos minutos vuelve la misma historia.

El “sindicato” proxeneta AMMAR, dice defender los derechos laborales de las “trabajadoras sexuales”. Su argumento: si se regula la prostitución, las mujeres estarán menos desprotegidas frente al policía y hasta podrán ser “su propio patrón”, sin chulo. Argumento similar al de los dueños Rappi o Uber, ¡ser tu propio jefe! La precarización llevada al extremo. No hay prostitución sin chulo, no hay prostitución sin tener que darle tajada al comisario. La legalización de la prostitución solo estatiza la coima, como en Holanda o Alemania. Que luego de años de regulación, solo han demostrado que son las migrantes pobres de los países pobres las que están en la vidriera, eso sí, pagándole impuestos legales al Estado para ser violadas por plata. Eso es la prostitución: violación paga.

Y ahí llegamos al segundo argumento: el trabajo sexual autónomo es libertad sexual. Dejen de perseguir a las putas, resignificamos la palabra puta porque no somos moralistas y somos feministas: que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca, y si quiere ganar plata con eso, no es diferente que limpiar baños en Constitución. Eso dicen las regulacionistas, las que jamás estuvieron en situación de prostitución, comunicadoras de los medios. En toda lucha, siempre hay carneros. Las regulacionistas como Srta. Bimbo, Malena Pichot y otras, solo hacen de propagandistas al servicio del proxenetismo. La prostitución es lo más alejado de la libertad sexual. En la situación de prostitución todos opinan y deciden, menos la mujer, travesti, trans o niñe. Como bien argumentó la periodista Flor Freijó en su cuenta de instagram, “si es difícil para una piba pedirle al novio que se ponga el forro, imagínate en la situación donde el cliente-prostituyente pagó para acabar adentro sin forro”. En la prostitución, el cuerpo de la mujer o niñe es objeto, al que se le puede hacer cualquier cosa. El límite es el morbo del putero-cliente.

La libertad sexual empieza por la independencia económica. Decidir con quién, con cuántos y cuándo tener sexo es lo más alejado a someterse a los “deseos” de otro para poder comer. Si todas las mujeres contaran con independencia económica, tal vez algunas se prostituirían porque les gusta, no lo sabemos. Pero en la situación actual, en la que la trata con fines de prostitución es uno de los negocios mundiales más lucrativos, al ritmo del crecimiento de la pobreza, la migración y la falta de perspectivas, no hay ninguna posibilidad de considerar seriamente que la prostitución es elegida.

Las Rojas somos abolicionistas, es decir, luchamos por la emancipación de las mujeres para no ser sometidas a los deseos de nadie. Es una lucha hermanada con todos los aspectos de la libertad para las mujeres. Si no hay aborto legal, seguro y gratuito, ni educación sexual feminista obligatoria, ni siquiera se puede empezar a hablar de libertad sexual. Si no se libera a la mitad de la humanidad de realizar las tareas domésticas, no hay libertad sexual para las mujeres. Es decir, para acabar con el mal de la prostitución, hay que derribar al Estado proxeneta, hay que revolucionarlo todo, para construir una sociedad donde cada ser humano pueda darse su sustento y decidir sobre su vida. ¿Y mientras tanto?, nos preguntan las regulacionistas y las falsas ni-ni. Mientras tanto, luchamos todos los días, colaboramos con las luchas puntuales de las sobrevivientes, o como las heroicas Madres de la Trata que se enfrentan con nada al sistema que les arrebató a sus hijes, o las que intenta salir de la prostitución, luchamos para que el Estado dé trabajo, educación y salud de calidad a todas las mujeres, travestis y trans para no caer en las garras de la prostitución, luchamos para que el Estado obligue a las empresas a incorporar a mujeres, travestis y trans en igualdad de condiciones que a los trabajadores varones, para que en lugar de pagar la deuda al FMI (dirigido por una nacida biológicamente mujer), se invierta en trabajo, vivienda, salud y educación para que mujeres, travestis y trans puedan salir de la prostitución. Y paralelamente educamos a nuestros hermanos de clase, los trabajadores, en que “ir de putas” es pagar por violar. Que no se puede decir que se lucha por los derechos de los trabajadores, o por un mundo mejor, si se consume cuerpos de mujeres, travestis y trans. No se trata a las mujeres como objetos, en cualquiera de los sentidos posibles. Las feministas socialistas somos abolicionistas porque luchamos contra toda explotación y opresión, contra el capitalismo patriarcal.

No sabemos si Jimena Barón es ingenua o funcional. En cualquier caso, antes de tratar de hacer publicidad para ganar guita en nombre de la libertad sexual de las mujeres, sería una gran idea informarse bien.